domingo, 13 de julio de 2014

[Fanfic] Aventuras y desventuras de dos chicos cualesquiera. Capítulo VII: ¿una fantasía?



Capítulo VII: ¿una fantasía?

            Con cautela, sigilosamente, Aran se acercó a la puerta de la biblioteca. La entreabrió y echó un vistazo. Sus amigos aún seguían ahí esperando, a medida que pasaba el tiempo también aumentaba el trasiego de personas por delante de la puerta. Hizo una señal de silencio a Hokuto, se acercó al oído de éste y le susurró con un suave hilo de voz:
            — Haremos esto: en primer lugar saldré a decirles que ‘te he dejado las cosas claras’. Entonces, imagino que quedaran convencidos y espero que satisfechos, porque si no ya puedes empezar a correr.
            Hokuto tragó saliva, le entró un sudor frío por el nerviosismo. Temía que las cosas salieran mal y esos matones acabaran ensañándose con él. Puede que entonces no tuviera más remedio que cantar acerca de lo que había sucedido entre su salida y su vuelta. Pero esos pensamientos eran tan solo conjeturas, así que siguió prestando atención a lo que decía Aran, aunque espetó:
            — No resultas muy reconfortante.
            Aran se rió, confiado de sí mismo, estaba seguro que no iba a ocurrir nada que pudiere poner en peligro a Hokuto y mucho menos a él.
            — Vamos hombre, no te preocupes. No ocurrirá nada. Para que te sientas más seguro, llegado el caso, tienes la salida de emergencia al lado de la ventana, hay una escalerilla como en las películas americanas. Por eso, la he dejado abierta antes, por si acaso; no temas, en caso de que corras peligro, te haría algún tipo de señal para prevenirte. En cualquier caso, escucha, siguiendo con el plan: después de que me los haya llevado hacia otro pasillo, sal corriendo en la otra dirección, baja a la planta baja y dirígete al patio trasero, al cobertizo que hay tras la glorieta. Al lado hay una salida antigua de la academia poco usada, que aún se puede abrir, si no es que alguien ya se ha cerciorado de cerrarla o el óxido ya ha hecho mella en ella. Aunque eso tanto da, espérame allí, en el cobertizo y no salgas bajo ningún concepto. Puesto que está abandonado, no deberías tener ningún problema, además tampoco tiene grandes ventanas. Por cierto, la puerta que te he mencionado da al parque que hay detrás de la academia, así que lo atravesaremos para dirigirnos a la estación de tren más próxima, mi casa no está muy lejos, a un par de paradas.
            — Entendido…
            Ambos se miraron y se echaron miradas de confirmación. Aran se giró y se dirigió a la puerta. Se detuvo, algo lo había detenido. Se volteó y vio como Hokuto, el cual estaba temblando, lo había agarrado de por la parte de atrás de la cazadora. Éste dio pasos, lentamente, y se echó a los brazos de Aran.
            — ¿Qué…?
    Ve con cuidado.
            Aran lo envolvió en sus brazos y los estrechó. Luego se acercó a la cara de Hokuto y lo besó de nuevo, breve pero intensamente. Tras eso, lo soltó, fue a la puerta y salió de la biblioteca. Adentro, Hokuto observó atentamente la escena que se desarrollaba fuera, parecía que Aran estaba saliéndose con la suya, tras hablar unos minutos, los matones, convencidos, acompañan a su cabecilla hacia el pasillo derecho.      
            Cuando hubieron torcido a la derecha totalmente, Hokuto, asustado, tomó aire y salió de la biblioteca como si nada, y tomó el sentido contrario al grupo; siguiendo las directrices de Aran, bajó las escaleras hacia la planta baja, atravesó el vestíbulo y se dirigió a la puerta que daba al patio de atrás de la academia. Se encontró con el magnífico patio de corte europeo decimonónico, como era habitual en los centros educativos de la era Meiji. Vio que tras la glorieta situada en el centro, detrás de la fuente, había un pequeño cobertizo algo destartalado. Avanzó a paso ligero hacia allí, al tomar el pomo notó la mugre aposentada durante años allí encima; era evidente que llevaba años sin usarse. Giró el pomo y entró en aquella habitación oscura, solamente iluminada por un minúsculo ventanuco que ofrecía una vista de la puerta trasera que había mencionado Aran. A parte de eso, el lugar estaba lleno de telarañas, polvo y un montón de trastos de jardinería que no debían usarse desde antes de la guerra por lo menos. Fue cuidadoso de no tropezar con nada y tampoco pisar algo que fuera puntiagudo y afilado, imaginaba que tantos años sin usarse esas herramientas, el óxido las habría convertido en peligros sanitarios en potencia.
            Estuvo esperando un buen rato, se acercó a la luz del ventanuco a mirar la hora en el reloj de pulsera, había pasado más de media hora. Temía por si le había ocurrido algo a Aran, aunque no le había dicho nada acerca de cuánto tardaría, le empezaba a parecer extraño que se demorase tanto. Se sentó en una vieja caja tirada en el suelo boca abajo, asegurándose antes de que no estuviera carcomida para no acabar con el trasero en el suelo por no vigilar.
            Mientras esperaba, estuvo pensando en lo que había ocurrido esa mañana en la biblioteca. Sus pesadillas, o más bien sus sueños, se habían cumplido. Se había besado con Aran y, prácticamente, se hubiera entregado a él si lo ocasión lo hubiese requerido. Ayer mismo se estaba preguntando el porqué del beso con Taiga; el librero le había reconfortado en un momento bajo, por lo que, en cierta forma, Hokuto pensó que aquello se debía a su depresión temporal, lo que le llevó a pensar que quería a Taiga. Pero lo de Aran era diferente, sentía tal atracción, tanto física como mental, hacia ese chico, que empezó a pensar que ya no estaba en sus cabales. Sacudió la cabeza y pensó fríamente, él, en realidad, estaba enamorado de Jesse, pero los últimos acontecimientos habían cambiado totalmente su mapa mental, aquel que guiaba sus relaciones de amistad y amorosas: la aparición de Yuta, la amabilidad de un dependiente de librería, las amenazas de Aran. Volvió a pensar en eso último, en cierta forma, se sentía como si tuviera el síndrome de Estocolmo, sin estar raptado, obviamente. Pero aun así era impresionante lo que sentía por él, Hokuto no sabía discernir si estaba enamorado o no, asimismo tampoco sabía si se podía comparar al amor que sentía por Jesse. Sencillamente, en su cabeza se había formado tal lío, que de tanto pensar en ello le podría haber salido humo como si fuera agua hirviendo en una tetera.
            De pronto se oyeron unos leves golpecitos procedentes de la puerta y ésta se abrió. La luz que penetró en la oscuridad cegó a Hokuto, pero pronto se recuperó para ver el rostro de Aran, reconfortándole.
            — ¿Pero dónde te habías metido? Me preocupabas.
            — Siento haberte hecho esperar. No había manera de sacármelos de encima. Querían que fuera con ellos a celebrar tu ‘derrota’ y al final he tenido que inventarme una burda excusa para poder escabullirme. No veas lo que me he costado, creo que había subestimado el tamaño de sus cerebros.
            Hokuto se rió entre dientes, aunque había temido por lo que pudiera pasarle a Aran, no puedo evitar sacar una risa por ese último comentario. Aran se lo miró extrañado. Al final, acabó comprendiendo de que se reía, sonrió y, con el brazo derecho, posó su mano sobre la cabeza de Hokuto y le revolvió el pelo con fuerza, para molestarlo un poco. Éste se revolvió y agarró la mano de Aran, pero no la soltó, al contrario, se aferró a ella férreamente y se acercó a los labios de quien hasta hacia poco menos de dos horas, había sido su peor pesadilla de las últimas semanas. Empezó a besarlo apasionadamente, se abrazó al cuerpo de Aran como si fuera una lapa, apenas si respiraba por la pasión que estaba poniendo en ese preciso instante. Aran lo correspondió de igual modo, y empezó a manosear a Hokuto por varias partes de cuerpo: el cuello, la espalda, el trasero… Parecía que aquello no tenía fin, ambos no querían ponerle fin a la situación, aunque sabían que debían marchar pronto de allí para no levantar sospechas y tampoco armar mucho escándalo, por el ruido.
            Aran puso su mano sobre los hombros de Hokuto, y lo retiró mientras éste aún estaba intentando besarlo como fuese.
    Deberíamos irnos. Esto podemos hacerlo en cualquier momento. Pero ahora no es prudente. Vayamos a mi casa, saquemos a tus amigos de allí y luego, si quieres, podemos continuar…
            Aran rió, pero al mismo tiempo pensó en la hipotética posibilidad de que Hokuto, al ver a Jesse se retractase de todo lo que había hecho con él. Los besos, los tocamientos, todo acabaría y Hokuto volvería de nuevo a estar de buenas con su ‘novio’. Al pensar en lo que se podía avecinar al llegar a su casa, hizo una mueca de dolor, pero no era físico, sino del corazón, de sus sentimientos hacia la persona que tenía delante.
    Está bien… Vayámonos.
    Bien. Saldremos por la verja que hay justo aquí al lado. No se usa desde antes de la guerra, pero aún se mueve, y lo mejor de todo es que aquí en el cobertizo es donde está la llave.
            Aran sacó su móvil e hizo luz hacía un sitio en concreto de la pared, en donde apareció una clavija de donde colgaba una gran llave oxidada en casi su totalidad. Era una de aquellas antiguas, que parecía de cuento, que servía para abrir la puerta de un castillo o una mazmorra. Su compañero cogió la llave.
    Pues ya está. Saldré yo primero para ver si hay moros en la costa. Si hay vía libre daré picaré tres veces a la puerta, con una breve pausa entre cada una. ¿De acuerdo?
    Entendido.
            Hokuto observó como Aran abría de nuevo la carcomida puerta del cobertizo y entraban rayos de luz que le iluminaron por unos segundos la cara a él y a quien estaba empezando a considerar su amigo y, tal vez, algo más. Al pasar un par de minutos, sonaron tres golpes en la puerta con breves pausas entre medio. Era la señal que le había indicado Aran. Rápidamente, abrió la puerta y vio la verja abierta, Aran lo asió de la mano y se lo llevo corriendo hacía el parque que había tras la academia y que tenía acceso directo con esa puerta. Corrieron sobre la hierba, entre los altos árboles que se hallaban allí desde antes de la construcción de la mayoría de los edificios que ahora rodeaban ese resquicio de naturaleza en la ciudad.
            Ambos corrían mucho, al pasar el parque, continuaron corriendo por las calles, evitando chocar con la gente, y en dirección a la estación de tren. Empezaron a resoplar, pero finalmente se plantaron delante de la estación, entraron y, tras respirar un poco y recuperarse de la maratoniana carrera que se habían echado, empezaron a cotillear las pantallas informativas de los horarios de trenes. Al saber la hora a la que pasaría la línea en dirección a casa de Aran, compraron dos billetes y pasaron al andén, se sentaron en una de las banquetas a esperar a que llegase su tren.
    Parece que ya ha pasado el peligro.
    Sí… que cansancio. Me has hecho correr mucho. No puedo más. Creo que si doy un paso más reviento. Además tengo el corazón en un puño, pensando que podría haber ocurrido lo peor.
    Qué catas…
    ¿Eh? ¿Qué ocurre? Te has callado de repente.
            Aran se había quedado petrificado, no podía articular palabra. Enfrente de ambos había un tren que estaba a punto de partir. Él tenía la vista clavada en una de las ventanas, al mirar Hokuto hacia allí vio a un chico más o menos corpulento, que estaba leyendo algo esperando a salir. Se giró hacia a Aran, pero no lo encontró sentado a su lado. Miró a derecha e izquierda, no lo vio. Se volvió hacia atrás y vio a Aran en el otro anden, contiguo al suyo, escondiéndose tras un plafón informativo. Hokuto lo miró extrañado. Aran había empalidecido y, además, temblaba.
    Oye… ¿estás bien?
   
    ¡Aran, eh!
            Pero no recibió respuesta. Aran se quedó allí parado, temblando, blanco como el mármol y, sobre todo, en silencio, hasta que se fue el tren en el que estaba ese chico al que había estado mirando fijamente por unos segundos. Tan pronto como vio el tren irse a lo lejos, volvió al banco, justo en el momento en que se llegaba su tren. Hokuto se levantó y le puso una mano sobre el hombro.
    Aran… ¿Te encuentras bien?
    Sí… Subamos. Te lo cuento de camino, con más calma.
    Vale…
            Subieron al tren, unos de nueva gama que estaba sustituyendo a los antiguos, que se habían quedado obsoletos. Tuvieron suerte en encontrarse en la segunda parada del trayecto de línea y se sentaron en dos asientos el uno junto al otro.
    ¿Me puedes contar qué demonios pasa? ¿A qué tanto misterio? ¿Quién era ese chico de la ventana, que al verlo te has quedado blanco como un cadáver?
    Shintaro…
    ¿Eh? ¿Shintaro? No me suena.
    Lo apodan el “Diablo Morimoto”.
            Hokuto se quedó de piedra, reconoció ese apodo al acto. Cayó en la cuenta de que si quien les llega a ver es precisamente Morimoto, entonces ya ambos podrían darse por muertos, en especial Aran, el cual, al fin y al cabo, lo había traicionado. Empezó a tener tembleques en las manos y le cayó una gota de sudor frío. Intentó recomponerse, pero esas dos palabras habían bastado para provocar en él montones de sensaciones negativas, de horror, miedo…
    Ahora entiendo el porqué de todo. Aunque dudo que nos haya visto, estaba ensimismado mirando un libro. El tren ya estaba ahí cuando llegamos, así que ni en broma puede habernos visto desde el andén, y dudo que fuera a fijarse en la gente de fuera, ¿no?
    No lo sé. Yo coincido contigo. Probablemente no nos haya visto. Además, ahora no vale la pena pensar en eso. Mira, de verdad, lo he pasado fatal. Lo pero de todo no es que lo pudiera pasarme a mí, sino a ti. No me perdonaría nunca que te llegara a pasar algo. Al fin y al cabo, desde le principio, fui yo quien empezó a meterse contigo…
Aran agachó la cabeza en señal de arrepentimiento, su cara se entristeció y sus ojos se volvieron vidriosos, a punto de caramelo para que estallaran en un mar de lágrimas. Hokuto lo miró, en cierta forma comprendió el comportamiento de Aran. Lo culpaba de ello, pero, aun así, no podía enfadarse con él. No ahora, después de lo que había hecho por él. Lo que en realidad pretendía hacer desde un principio. Pero pensó “Entonces, todo ese rollo de los deberes, el martirizarme todos los días con amenazas, ¿por qué? ¿Ahora se arrepiente?”. No pudo soportarlo y espetó.
    Bueno, no te voy a quitar la razón. La culpa es tuya. Durante semanas me has estado tratando como si fuera una mierda en tu camino, una espina en tu costado. Me has amenazado, maltratado psicológicamente, y además no lo has hecho solo. Sinceramente, sigo preguntándome por qué has tenido que tardar tanto en revelar tus verdaderas intenciones. Es más, aún desconfío un poco de ti… Lo siento Aran, me rompe el corazón verte en este estado, a punto de llorar, pero… yo también he pasado lo mío. ¿Esperabas que con un par de besos y un manoseo iba a olvidar todo por lo que me has hecho pasar?
            Aran no levantó la cabeza para nada. Permaneció en su asiento, en silencio. No se atrevía a justificar o contradecir nada de lo que había dicho Hokuto. Todo era cierto, él se había atrevido a molestarlo desde el primer momento, y poco después se dio cuenta de su gran error. Pero a pesar de eso, no se atrevía a decirle la verdad a quien estaba torturando psicológicamente y continuó con el martirio hasta que encontró el momento adecuado para desvelar su secreto. Hokuto se dio cuenta de que no obtendría respuesta y, como Aran, decidió también callar. Hubo unos momentos de absoluto silencio entre ambos, solo se escuchaban conversaciones ajenas, y el traqueteo que iba haciendo el tren al ir por las vías. Se formó cierta tensión, Aran estaba demasiado nervioso y avergonzado como para atreverse a pronunciarse, mientras que Hokuto, que había descargado toda su rabia, apenas tenía la cabeza para pensar en algo y menos para iniciar un tema de conversación para calmar el ambiente.
            De pronto, sonó el sonido de próxima estación y salió anunciada la de Aran, quien se percató enseguida de ello. Se levantó e hizo una seña a Hokuto para que se levantara también. Ambos estaban muy incómodos, al bajar del tren y dirigirse a la calle, la situación no varió, y tampoco lo hizo cuando salieron a la plaza de enfrente de la estación. Aran empezó a andar lentamente un poco cabizbajo, así lo hizo para que Hokuto lo siguiera fácilmente y evitar tener que cruzar palabra con él. El otro, se puso detrás y empezó a andar por la calle tras Aran.
            Hokuto fue observando los edificios a lado y lado de la ancha avenida, la mayoría eran edificios de tamaño medio, con unos cinco o seis pisos como máximo. La zona, en realidad, parecía un suburbio, no tenía demasiado buen aspecto. Le sorprendió que Aran, que iba a su misma academia, viviese en ese lugar.
            De pronto, Aran se paró frente a una de las pocas casas que había de planta baja en la avenida. Con una fachada sencilla en color gris azulado, una sola ventana de gran tamaño con barrotes, y una puerta exterior, por la cual se accedía a la puerta interior subiendo por un gran escalón de granito. De pronto, Aran se giró.
            — Bienvenido a mi casa…

lunes, 23 de junio de 2014

[Fanfic] Aventuras y desventuras de dos chicos cualesquiera. Capítulo VI: la revelación



Capítulo VI: la revelación

El día amanecía encapotado, el cielo presagiaba lluvia. De repente, las nubes dejaron caer una incipiente llovizna que luego dio lugar a un fuerte aguacero. En las calles de la ciudad los transeúntes caminaban apresurados cobijándose bajo los paraguas, los más precavidos, y bajo cualquier otro objeto que realizara la misma función, los que menos. Enfrente de una vieja iglesia protestante fundada por alemanes a principios de siglo XX, en la otra acera, cual alma en pena, Hokuto avanzaba a paso lento, pensativo, prácticamente sin prestar atención a lo qué sucedía a su alrededor; las otras personas tenían que esquivarlo, porque éste apenas hacía ademán de apartarse o de esquivarlos a ellos. Miró el reloj, bajó el brazo, lo volvió a mirar; repitió esta acción varias veces en el lapso de cinco minutos. Al cabo de diez pasos más, llegó a su destino: la academia. Allá le aguardaban, de nuevo, los matones liderados por Aran, dispuestos a amenazarlo y amedrentarlo para que él se postrara a sus pies, e incluso llegado el caso, si era necesario, besarlos.
La fórmula del miedo bajo amenaza era realmente efectiva en Hokuto, temía enormemente que se supiera su secreto. Más aún ahora que su relación con Jesse pendía de un hilo y, sin saber cómo, había cometido el atrevimiento de besar a Taiga, a quien hasta ayer solamente conocía de vista y no había cruzado con él más que cuatro palabras. La situación derivada era desagradable, rechazable y, hasta en cierto punto, irónica: él, que había intentado proteger por encima de todo a la persona a la que más amaba, o eso al menos había creído hasta ayer tarde, ahora, en cierta manera, lo estaba engañando con otra persona. Pensaba en qué demonios se le pasaba por la cabeza actuando de esa forma tan extraña, tan poco propia de él, y que ahora, inevitablemente, lo estaba carcomiendo lenta y progresivamente por dentro.
Aunque aún era muy pronto, la academia estaba abierta. Ascendió la pequeña escalinata de piedra de entrada asido a la baranda, también de piedra. Al penetrar en el edificio decimonónico, vio que no había ni un alma. De pronto, le vino un escalofrío, tanto por el frío que hacía dentro del centro como de fuera, a causa de la lluvia, que lo había dejada absolutamente calado hasta los huesos, pero también por esa sensación de temor, para nada infundado, que se iba a manifestar en realidad al cabo de unos breves momentos. Caminó por el pasillo, que nunca le había parecido tan inhóspito como hasta entonces, en dirección a la biblioteca. A cada paso se escuchaba el sonido de sus mocasines del uniforme escolar. Ese sonido no hacía nada más que incrementar más la sensación de soledad y de silencio. Miró de nuevo el reloj, aún faltaban un par de minutos para la hora acordada.
Oyó el tañido de campanas a lo lejos y por ello de poco no le da un ataque al oírlas, eran las de la iglesia protestante cercana, tocaban la hora acordada: las ocho en punto de la mañana.
-         Vaya, si te has dignado a venir. Hoy será uno de tus más aciagos días.
-         Qué curioso. ¿Ahora hablas como un literato?
Hokuto estaba de espaldas a ellos, solo así hasta se atrevía a articular palabra y dirigirse a los matones, especialmente Aran, a quien realmente no temía. Una mano se posó sobre su hombre de forma brusca y buscó girarlo de cara a los matones. Se resistió, pero acaba cediendo, encontrándose frente a frente con la cara de Aran. Se le pasaron mil cosas por la cabeza, algunas verdaderamente extraordinarias referidas a ese chico, al cual consideraba atractivo, bello y bien formado como una escultura griega antigua; también se le pasó por la cabeza el caso de ser ellos antiguos samuráis, que según la tradición, podían tener relaciones homosexuales, recordó la leyendo de Nobunaga y Ranmaru, e imaginó a Aran con muchos años más que ahora, y a él mismo pero con muchos menos, sirviendo a su señor. De repente, despertó y cayó al suelo por un golpe en la cara. Aran le había atizado en la cara que le gritó.
-         ¡Idiota! ¿Estás en las nubes o qué?
-         Estaba en el paraíso, por así decirlo…
-         Hoy estás muy suspicaz. Te recuerdo que me debes obediencia o te atendrás a las consecuencias. ¿Te lo tengo que repetir muchas veces?
-        
-         Silencio… Bien, eso me gusta más.
Aran sonrió con malicia. Se pasó la mano por el cabello como si lo fuera a peinar, pero solo lo hacía para mostrar su superioridad. Luego, se acercó a Hokuto, se encorvó para mirarlo despectivamente y se empezó a reír entre dientes. Sonó la llegada de un mensaje a un móvil. Aran sacó su teléfono y miró el mensaje. Parpadeó dos veces y, entonces, volvió a sonreír. Se acercó a Hokuto y le enseñó la pantalla del teléfono móvil. En ella aparecía una habitación oscura, pero en el centro se distinguían dos figuras vagamente, iluminadas por un poco de luz. Se quedó de piedra, se le fue el habla. En la fotografía aparecían Jesse y su compañero de piso. Ambos, atados y amordazados, y por su aspecto posiblemente también drogados o dormidos con algún tipo de narcótico. Con la mirada absolutamente perdida, miró a los ojos a Aran. Su expresión era de gran maldad, una absoluta crueldad, no se desprendía de él ni la más leve brizna por mostrar arrepentimiento por alguno de los actos de su pandilla; al final, él solo era el que daba órdenes, jamás las ejecutaba, por tanto, no se sentía obligado a sentir culpa alguna. Aran dobló su cuerpo y se acercó a la cara de Hokuto y murmuró algo.
-         ¿Qué te parece?
-        
-         ¿Se te comió la lengua el gato? La verdad, no pretendía llegar hasta tan lejos, pero, si te digo la verdad, me estaba aburriendo sobremanera y, bueno… éste es el resultado. Quizás tú no lo disfrutes, pero yo lo estoy pasando en grande.
Miró el móvil de nuevo y río entre dientes. Hokuto lo observó detenidamente, pero estaba muerto de miedo, no podía ni moverse. Pensaba que si habían llegado a hacer tamaña enormidad, entonces podría ocurrirle cualquier cosa a él. Aun así, hizo de tripas corazón y se atrevió a dirigirse a su enemigo.
-         Déjales ir…
-         ¿Por qué? Así es mucho más fácil tenerte a mi merced.
-         ¿Qué quieres de mí?
Aran calló y se puso erguido, de espalda a su pandilla y espetó:
-         Salid de aquí. Dejadnos solos.
-         Pero Aran…
-         Ya me habéis oído.
No hubo más réplicas. Sin más rechistar, los matones salieron uno tras otro por la majestuosa puerta de la biblioteca. Una vez hubieron salido, el último cerró tras él la gran puerta de madera de roble, velando cualquier forma de ver lo que ocurría en el interior. A solas, Aran y Hokuto se miraron fijamente, ninguno de los dos apartaba la mirada. Éste sonreía, aquel temblaba por lo que pudiere suceder, pero no por ello dejó de observar a su adversario, el cual abrió la boca justo en el momento en que Hokuto estaba a punto de vacilar.
-         Al fin solos.
Hokuto no alcanzaba a comprender qué pretendía Aran quedándose a solas con él. Pero lo observó detenidamente andar por las baldosas, a través de algunos estantes cercanos, rozando con las yemas de sus dedos los lomos de los libros, como si estuviese haciendo tiempo, aguardando a dar inicio a su acto final. Al doblar hacia otro pasillo de estantes, se acercó de nuevo a Hokuto, que seguía sin poder moverse en el suelo, sujetándose con sus brazos hacia atrás, para no caer totalmente. Siguió los movimientos de Aran con los ojos. La espera acababa con él, empezó a caerle una gota de sudor por la sien hacia la mejilla, y otra desde justo en medio de la frente, rozando el lagrimal y bajando por el lado derecho de la nariz. Tragó saliva, Aran se había desplazado, y estaba delante suyo.
-         Pues bien… empecemos.
-         ¿Qué pretendes?
-         Divertirme, simple y llanamente.
Aran empezó a hacer algo que descolocó a Hokuto: desbotonarse la camisa. Lentamente, fue desabrochando cada uno de los botones de la camisa azul cobalto que llevaba, hasta tenerla totalmente abierta, mostrando su pecho, de un pálido blanco. Alucinado, Hokuto cruzó la mirada con Aran, echando una mirada con ademán de interrogar al contrario, pero no consiguió sonsacar nada, Aran continuaba sonriendo, como si nada y, acto seguido, se quitó la camisa y la echó a un lado, en el suelo.
-         ¿Por dónde empezamos? Ah… ya sé.
Aran se quitó el zapato izquierda y lo lanzó contra una de las estanterías, luego lanzó el derecho hacia la misma dirección. Se acercó a Hokuto. Al posarse delante, Hokuto pudo observar perfectamente el torso de la que había sido su pesadilla durante las noches de las pasadas semanas. Los pensamientos con referencias antiguas se le volvieron a pasar por la cabeza y empezó a desvariar mentalmente, iniciándose un deseo incontrolable por probar ese cuerpo que se había posado enfrente suyo. Aran levantó el pie derecho, aún con el calcetín colocado.
-         Quítalo con la boca.
Hokuto entonces reaccionó, lo miró fríamente y se quedó callado sin hacer ni decir nada.
-         ¿No me has oído?
-         No pienso hacer algo tan denigrante.
-         ¿Y quién te ha dado a ti voz y voto en este encuentro?
-        
-         Eso es. Callar es lo que tienes que hacer. Y ahora, el calcetín.
Acercó de nuevo el pie, y lo puso tan cerca que el calcetín rozó los labios de Hokuto, el cual seguía presionado su labios y empezó a sentir el olor a pies de Aran, que aunque no olían mal del todo, tampoco resultaba un olor agradable para el olfato. El pie lo fue arrastrando por toda la cara. Hokuto acabó cediendo. Agarró la punta del calcetín y empezó a estirar, dejando al descubierto el pie de Aran. Luego hizo lo mismo con el otro calcetín. Aran, por su parte, estaba disfrutando en gordo de la situación y empezó a sentir un ardor en su cuerpo, que se fue trasladando a su pantalón, pero siguió guardando silencio, mientras Hokuto era obligado a continuar jugando con sus pies.
-         ¿Te gustan mis pies?
Hokuto levantó su mirada hacia Aran, rió y luego murmuró.
-         No están mal. Son bonitos.
-         ¡Vaya! ¿Estás de guasa? No tienes cara de estar disfrutando mucho.
-         Nadie disfruta lamiéndole los pies a su peor pesadilla.
-         ¿Ahora soy tu peor pesadilla? Qué gran honor.
-         No es lo único que eres para mí…
Sorprendido, Aran sonrió maliciosamente, intentando imaginar qué más era para Hokuto. Curioso, se acercó al rostro de Hokuto, podían percibirse las respiraciones, y entonces rozó los labios con los del otro. Aquel se sonrojó, y rápidamente apartó la mirada, girando todo el cuello hacia la izquierda.
-         ¿Qué más soy, entonces?
-         Na… nada.
-         Vamos… ¿Sabes? Te contaré un secreto. Los de ahí fuera, mi pandilla, no saben nada de esto. ¿Tus amigos? Están en mi casa, no sufras, no pensaba hacerles ningún daño. Tan solo quería conseguir esto. Como has podido comprobar, no puedo resistirme a ti.
Cuando Aran pronunciaba esas últimas palabras, Hokuto tragó saliva, aunque apenas le quedaba, estaba sediento. Aunque sabía perfectamente que no debía acceder a lo que quería Aran, él también sabía que sentía atracción por éste, fuere porque los polos opuestos se atraen, o fuere por cualquier otra razón, lo cierto es que, cuando Aran volvió a acercar sus labios a los de Hokuto, no pudo evitar responder al beso de forma apasionada, y sin saber por qué, se agarró al cuello de Aran para que se hiciera lo más intenso posible. Aunque estaba dispuesto a continuar, Aran se percató de ruidos procedentes de fuera. Era lunes, ya había pasado una hora desde que habían llegado, pronto darían inicio a las clases y cualquier persona podía presentarse allí.
-         Mira… lo dejaremos estar por hoy. Ha estado bien. Me gustan tus labios; saben bien.
-        
-         No estés tan callado. Creo que ahora ya tenemos confianza, eh.
-         No te lo creas tanto. Aún tienes a Jesse y a Yuta.
-         Esos… sí.
Empezó a ponerse los calcetines y los zapatos. Luego siguió con la camiseta. Al finalizar, se volvió hacia Hokuto y le tendió la mano. Éste la cogió con reservas, pero Aran tiró de el fuertemente y lo agarró para evitar que cayera de nuevo.
-         Ven conmigo.
-         ¿Adónde?
-         No preguntes… me tengo que inventar algo para librarme de mis amigotes.
-         Lo sé. Tampoco deben saber que te gusto.
-         Repetiré lo que tú has dicho antes: no te lo creas tanto.
-         Ya…
-         Bueno… vamos.
Aran salió primero, dijo algo a sus amigos que Hokuto no alcanzó a oír, pero que fue suficiente para que estos se fueran. Luego, con la mano señaló que ya tenía vía libre y Hokuto se apresuró a salir de allí. Al cabo de cinco minutos ya estaban fuera de la academia y se fueron a paso ligero, rumbo a casa de Aran.

miércoles, 11 de junio de 2014

[Fanfic] Aventuras y desventuras de dos chicos cualesquiera. Capítulo V: un vuelco del corazón

Después de mil años vuelvo con el fanfic!


Capítulo V: un vuelco del corazón

Estaba en aquella biblioteca majestuosa, entre libros de todas las clases posibles: tesis evaluadas, manuales de historia, de geografía… junto a manuscritos de épocas pasadas. Todos ellos permanecían en un silencio sepulcral bastante perturbador. Tenía cierto temor en lo que iba a ocurrir, pero él no pensaba huir ante las personas que lo habían citado en aquel lugar. Empezó a dar unos pocos pasos adelante, pasando algunas de las estanterías… geografía, historia, antropología… finalmente llegó a la sección de ciencias de la información, el lugar donde había sido citado. De repente se oyó un estruendo en la biblioteca que rompió aquel silencioso horroroso, a pesar que aquello causaba aun más horror y sobre todo temor a él. Se escondió tras una de las librerías que tenía al lado y vio llegar por uno de los corredores a sus citadores.
— ¿Dónde está ése? Seguro que no ha venido.
— Oye, Aran. ¿No crees que deberíamos dejarlo ya en paz? Tampoco…
— ¡Calla! Haré lo que me salga de los santos cojones.
El llamado Aran, se dio cuenta de que se movía algo tras uno de los estantes y gritó en aquella dirección:
— Sal de ahí… Hokuto Matsumura.
Hokuto sintió un escalofrío al escuchar su nombre salir de la boca de Aran, pero decidido, cogió coraje y salió al pasillo. Enfrente tenía a Aran Abe, un compañero de su misma clase con quien Hokuto no tenía demasiada relación; sin embargo, eso poco importaba a Aran, que lo qué realmente era una especie de matón intelectual, que tan pronto empezó a percatarse de lo que había entre Hokuto y Jesse, había comenzado a tramar un plan para extorsionar a Hokuto, hasta el punto que le había llegado a citar varias veces para mandarle hacer los deberes que les mandaban en clase. Aunque no era sólo eso lo qué le interesaba.
— Aquí me tienes. ¿Qué quieres de mí, ahora?
— Háblame con respeto, chaval. Si no lo haces, ya sabes qué ocurrirá.
— Lo sé. Simplemente quiero saber qué más quieres.
            Hokuto estaba temblando. No es que Aran infundiera miedo por sí mismo, pero sus contactos sí que eran de temer, sobretodo por su mayor colega, a quien apodaban “Diablo Morimoto”, o simplemente “Shin-chan”, y su grupito de esbirros, que se dedicaban a hacer los macarras por algunos lugares del barrio de al lado.
    Nada en especial. Quiero que sigas cumpliendo mis órdenes o sino… — golpeó la palma de su mano izquierda con la derecha hecha un puño — Ya sabes… ¿Entendido?
   
    No te oigo.
    De acuerdo.
    Bien. No olvides nuestro trato.
Aran y sus esbirros salieron de la biblioteca y dejaron a Hokuto solo. De pronto, se dio cuenta de que la gente volvía a entrar normalmente e intentó serenarse para no mostrar gota de nerviosismo. Luego salió de la sala y se dirigió al aula a recoger sus cosas para irse a casa.
            Tan pronto como salió se dirigió a la estación y ya en el andén, como por arte de magia, vio a Jesse en el andén de enfrente con otra persona, un chico más joven que él. Ambos subieron al tren en dirección al oeste de la ciudad. Hokuto, curioso, decidió seguirlos. Enseguida pensó que posiblemente el chico que acompañaba a Jesse era Yuta, su nuevo compañero de piso, pero no puedo evitar seguirlos. Como los vagones estaban interconectados, Hokuto se puso a vigilarlos a ambos con sigilo, mientras ellos estaban de espaldas. Vio como charlaban y se reían juntos, en definitiva, Hokuto sentía una enorme envidia. Hacía tiempo que no podía pasar tiempo con Jesse, no porque no quisiera, sino por culpa de Aran, que le estaba chantajeando. Entonces vio la actitud amable y cariñosa de Jesse para con Yuta, y la misma actitud recíproca de Yuta con Jesse. Esto ya no le supuso solamente envidia a Hokuto, por no poder pasar tiempo junto a Jesse, sino unas sospechas que no quería por nada del mundo confirmar. Aun así, hizo de tripas corazón, hizo como si no los hubiese visto y se subió al tren, observando cautelosamente como las figuras de ambos se difuminaban en la lejanía.
           Al llegar a su casa, una mansión majestuosa, con planta baja, piso superior y desván. Su madre no se encontraba allí, debía haberse entretenido en el trabajo. Como ya era tarde, se fue a la cocina y se preparó algo, obvió llamar al servicio, no quería hablar con nadie, se preparó un pequeño tentempié consistente en un emparedado y un vaso de agua, lo colocó en una bandeja y se dirigió a su habitación, en el segundo piso, al fondo del pasillo a la derecha. Cerró la puerta y puso el pestillo, dejó la bandeja de la comida encima del escritorio, en ese instante una sola lágrima le brotó, estaba deshecho, no podía soportar esa situación. Al cabo de cinco minutos, alguien llamó a la puerta:
    Señorito, ¿está ahí?
    Lo estoy.
    ¿Se encuentra bien? Su madre me ha dicho que esta noche no vendrá a dormir a casa, se alojará en un hotel. Al parecer la faena se les ha multiplicado en cuestión de horas por un cliente crucial para el futuro de la empresa.
    Está bien. — Hokuto no lo creyó, últimamente la empresa iba viento en popa. Lo más posible es que su madre estuviera de nuevo con otro de sus novios — Márchate, por favor. Quiero estudiar tranquilo.
    Como desee.
            Ahondando en su tristeza, Hokuto se fijó entonces en el libro que tenía sobre el escritorio: el libro sobre santos. Los libros eran una puerta a un rincón del mundo, al conocimiento de éste, a historias fantásticas y mundos lejanos e inhóspitos. Hokuto se sentía muy a gusto rodeado de libros, aunque en la biblioteca junto a Aran dejara de percibirlo. Pensó en visitar de nuevo, mañana, la librería para despejar un poco la mente. Al terminar la cena, se echó en la cama, leyó un rato para intentar cansarse y así conciliar el sueño, algo que no conseguía desde hacía varias noches.
            Por la mañana, se levantó pronto, no había dormido bien, la presencia de Aran en sus sueños lo atormentaba y convertía esos sueños en auténticas pesadillas. Lo peor no era Aran, sino toda su camarilla, pero solo en pensar en él le entraban escalofríos y sobre todo que contara su secreto. Salió de casa sin desayunar, al llegar a la estación de tren, se paró en el kiosco y compró una bolsa de patatas fritas para desayunarse de mala manera. Al llegar al centro, se dirigió a la calle cerca a la casa consistorial donde estaba la librería. Antes de entrar, vio en el escaparate al chico que los había atendido a Hokuto y a él la vez anterior. Pasó por delante de él, que estaba de espaldas observando la colocación de los libros en el aparador, y entró directamente sin decir nada. Durante unos minutos se quedó observando los libros sin ni siquiera fijarse en títulos o temática. Al momento entró el dependiente, Taiga, del cual Hokuto aún desconocía el nombre, y se fijó, precisamente, en el último cliente que había entrado y recordó la vez que vino acompañado con aquel chico, el que se había dignado a leer el nombre de su placa de identificación. Se acercó a Hokuto, y le habló:
    ¡Bienvenido! Disculpa, pero ya nos conocemos, ¿verdad?
    ¿Eh? Tampoco he venido tantas veces como para decir eso. — contestó de mala manera Hokuto.
    Bueno… te recuerdo de varias veces, la última, cuando viniste a por el libro sobre hagiografía con aquel amigo tuyo, no me dijo como se llamaba. Fue un día bastante divertido.
    Jesse. Sí, es amigo mío. ¿Quieres algo más? Solamente estaba mirando.
    Vaya… lo siento, no quería molestarte. Tan solo pretendía ser amable.
    Pues es en vano, chaval… Vete, hazme el favor.
    Te recuerdo que estás en mi librería. Aquí tenemos reservado el derecho de admisión. No permito que te dirijas a mí en ese tono.
    ¡Oh! ¿En serio? ¿Y qué vas a hacer? ¿Reprenderme y echarme de aquí? Hazlo si te atreves.
            Hokuto, que tenía toda la rabia de los días anteriores reprimida, hizo pagar los platos rotos a quien probablemente menos lo merecía, una persona a la cual apenas conocía, ajena a su vida y todos sus problemas. Para él, no fue más que una forma de desahogarse, pero no quería realmente herirlo. En cuanto se dio de lo que había hecho, inmediatamente rectificó:
    Ah… yo… lo siento.
    ¿¡Pero cómo te atreves!? He venido con la mayor amabilidad posible, pero no esperaba esto de alguien que leyendo los libros que lees, no sé como puedes expresarte de esa forma. Esperaba a alguien más cultivado.
    No, no… de verdad… lo siento. Yo… me voy. Disculpa. — Hokuto se giró de pronto en dirección a la puerta.
    ¡Espera! — Taiga lo asió del brazo. — No te vayas, te veo arrepentido… ¿Qué te pasa?
    No es algo que te incumba realmente, y no quiero involucrarte en mis problemas.
    Mira, ya sé. Termino el turno justo ahora. Espérame un segundo, por favor. Sé que no nos conocemos, pero eres un cliente muy bueno, y nunca te había visto de esta guisa. — dijo con decisión Taiga — ¡Mira! Ahí está mi relevo. Por favor, espera aquí.
            Hokuto se quedó ahí, quieto, sin decir nada, recostado sobre la pared, donde había un póster de las últimas novedades de los escritores de éxito. Al cabo de poco, Taiga salió de la trastienda sin el delantal y una bandolera colgando. Hokuto lo miró extrañado, salía mirándolo sonriendo, como si no hubiera pasado nada hacía unos minutos, cuando Hokuto lo trató de malos modos. Ambos salieron de la librería y empezaron a andar por la calle, en dirección a la plaza del ayuntamiento.
    Bueno, ¿nos vamos? ¡Oh! Por cierto, me llamo Taiga, por si no lo sabías.
    En realidad sí. El primer día que vine aquí ya me fijé en tu placa. Ah, yo me llamo Hokuto, tú si que no sabías mi nombre.
    Pues sí, no lo sabía. Así que sueles fijarte en ese tipo de pequeños detalles. Tu amigo también se fijó el día que vino contigo, se despidió diciendo mi nombre.
    Sí, es muy dado a ese tipo de detalles también. A veces hasta me sorprende, porque suele tener la cabeza en otra parte. Siempre está en las nubes, pero aun así es muy buena persona.
    Bueno, una cosa no quita a la otra.
    Es cierto. No sé en qué estaría pensando.
            Torcieron a la izquierda en el cruce, y pronto estuvieron frente a la sede municipal, un edificio de principios del siglo XX, un edificio al estilo occidental, austero, sin florituras, funcional. Taiga se fijó en la pequeña chocolatería de época que había en el edificio al otro lado de la plaza e invitó a Hokuto a tomar un chocolate caliente. Aunque inicialmente éste se resistió, Taiga insistió y al final acabó consiguiendo que el otro aceptara su oferta y entraron en el establecimiento, un bonito local, refinado, con una barra de servir de madera maciza, y unas mesas de café de las que se verían en una película de los años veinte. Ambos se fijaron en la bonita decoración floral de las paredes y en las pequeñas arañas que colgaban del techo, que daban un ambiente muy especial al sitio. Por un rato, Hokuto se olvidó de sus problemas y disfrutó de la compañía de Taiga. Una camarera se acercó:
    ¿Qué os sirvo chicos?
    Ah pues… ¿Qué quieres Hokuto?
    Pues… cualquier cosa estará bien, la verdad es que no he mirado la carta, perdona…
    No te preocupes. — dirigiéndose a la camarera — Mira, yo quiero un suizo, trae dos, por favor.
    Marchando. En nada los tendréis aquí.
    ¿Te parece bien?
    Si.
Esperaron tranquilamente a que la camarera les trajera la comanda, y así quedarse totalmente a solas para hablar con comodidad. Hokuto rompió el hielo:
    No sé dónde tengo la cabeza hoy. Estoy un poco ido, y encima el numerito que te he montado. Qué vergüenza… — Hokuto se sonrojó y se tapo la cara demostrando lo arrepentido que estaba.
    No es nada, de verdad. Pero… si no te es molestia, me gustaría saber qué te pasa. ¿Has tenido algún problema?
    No me siento con fuerzas para explicarlo…
    Tómate tu tiempo.
    Bien, iré al grano. De hecho, me están chantajeando en la academia. Unos compañeros pretenden conseguir cosas de mí a cambio de no revelar algo mío a los demás compañeros.
    Vaya… ¿Tan grave es esa información? — preguntó con curiosidad — No sé, quizás sería mejor que admitieras sea lo que sea ante tus compañeros, y librarte de esa carga.
    Mejor no… Entonces podría llegar a oídos de mi madre, y entonces sería mi ruina. Es imposible, no debe saberlo nunca, la decepcionaría.
    Está bien… lo entiendo. No sé… — Taiga sorbió su suizo, dejándolo hasta la mitad de la taza — Me he quedado sin ideas, estas cosas muy complicadas, pero la verdad, tarde o temprano, sea lo que sea, si la cosa continua así, se acabará sabiendo.
            Hokuto que estaba bebiendo se quedó de piedra, pensándolo bien, no había caído en esa opción que ahora le decía Taiga. Dejó la taza sobre la mesa, y se quedó pensativo un pequeño instante. Miró fijamente a Taiga, no sabía cómo había acabado siendo invitado por el librero, pero estaba tranquilo, a diferencia de los días pasados, además se había olvidado del tema de Jesse y Yuta. Involuntariamente, levantó la mano y tocó la de Taiga. Éste, sorprendido, no la apartó, pero miró fijamente a Hokuto, quien le echó una mirada tierna, con los ojos brillantes por las lágrimas que parecía que le iban a acabar brotando de un momento a otro. Taiga, correspondió y le tomó la mano fuertemente, intentando reconfortarlo después de que le hubiera contado todo lo de antes.
    Oye, pago y nos vamos. Te veo un poco mal…
    Me parece bien. Gracias.
    No hay de qué.
             Al salir, tomaron la avenida principal en dirección a la estación central. Taiga vivía cerca del centro, pero prefirió acompañar a Hokuto hasta que tomara el tren en dirección a su casa, para asegurarse de que estaba bien. Justo antes de entrar en el andén, Taiga le apuntó el teléfono móvil a Hokuto, por si necesitare alguna cosa.
    Llámame si necesitas algo. Sea lo que sea, aunque sea una minucia. Allí estaré.
    Gracias, pero… Taiga, ¿por qué haces esto? A duras penas me conoces.
    No lo sé. Siento que tenemos algún tipo de conexión. — rió — Menuda tontería ¿verdad? Buenos, ahí está tu tren. Nos vemos.
    Espera.
Hokuto se precipitó levemente sobre Taiga y lo besó. Éste, que no sabía como responder, se quedó parado, recibiéndolo, delante de todo el mundo que pasaba, aunque poco le importó. Al terminar, Hokuto se giró sin decir nada y salió corriendo. Taiga, se quedó anonadado con lo que había ocurrido.
    Pero… ¿Qué? ¿Qué ha pasado?